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23 de agosto de 2015

Un ligero cambio

“Que no se tuerza el camino de la vida, de los sueños,… de la felicidad”

Miraba el reloj, faltaba media hora y el día estaría terminado. Un día completamente igual al anterior, y al anterior del anterior, la rutina era más que aburrida, era… finita; mientras meditaba en una respuesta posible para efectuar un cambio, vibró su teléfono, despertándolo de sus pensamientos. Un mensaje que no esperaba. Sabía que sí algún día volvía a recibir un mensaje de ella, serían esas palabras, simples y con sabor a obligación. Quizá ella esperaba una respuesta menos obligada y con más sentimiento, trató de responder de la misma forma. Pero entonces se dio cuenta de algo, no tenía que hacer cosas nuevas que nunca en su vida hubiera probado, tenía que dejar de hacer las que aborrecían. Nervioso borró la conversación, recordó que tenía una invitación para jugar un partido, se apresuró, no podía quedar mal con sus amigos. Ellos seguían allí, sin obligación, la sonrisa regresó de manera natural, y por un momento dejó de esperar. Una desviación no es motivo para perderse.

Lord Bastian
@S_E_B_S

9 de agosto de 2015

Cinco parecidos

Fue algo inesperado, casi inimaginable; sólo en aquellas ensoñaciones antes de ir a dormir llegó a pensar que un acto de tal grado de valentía podía surgir de aquel ser tan cobarde. ¿Acaso el miedo puede inhibir al amor? Será obra de un ser superior o una simple coincidencia, nadie parece estar seguro cuando se termina. Resulta que las palabras del abuelo eran ciertas: el amor y el miedo tienen más en común que ninguna otra pareja. 

   Después de parlotear durante… mucho tiempo, durante el cual los nervios sólo controlaban los movimientos de sus extremidades, llegó el momento decisivo; cuando un vacío se genera en el estómago, se pierde cualquier sensación facial y los nervios tienen posesión total del individuo; se dio cuenta que el miedo es igual al amor. Y bueno, le tomo menos de un minuto decirle que sus ojos estaban cegados y su razón perdida a causa de ella. Parecido número uno: el miedo puede detenerte o evitar que realices algo de lo cual puedes salir lastimado. Él tenía miedo de arruinar todo, de perder lo amado por culpa de un acto egoísta, estuvo a un segundo de echarse para atrás, sabiendo que podía surgir lastimada alguna de las partes. 

   ¿Y ahora… qué se hace? Lógicamente se procede instintivamente, o como dicen: haciendo las cosas por amor, como uno las vaya sintiendo. Obviamente y siendo lo esperado, actuó él de esa manera, resultaron las cosas bastante bien, mejor que en cualquier pensamiento noctambulo, de hecho no tenía previstas más de la mitad de las emociones y sentimientos y mucho menos pudo pensar en todos los sucesos y eventos posibles, al principio solo había de dos sopas: una con sabor dulce llamada ‘sí’ y otra amarga con un ‘no’ por nombre. Parecido número dos: ante situaciones desconocidas, el miedo a equivocarnos nos hace actuar instintivamente hacía donde creemos es la mejor solución. 

   Con miedo se han subyugado civilizaciones enteras, se han dominado países y transformado personas. El amor tiene sus logros, algunos llegan a ser inolvidables, han mantenido civilizaciones en pie, liberado países y sí básicamente el amor también puede cambiar a una persona. Llamemos a este conjunto: parecido 3, destacando que es más que uno. 

   El sueño invade la mente; él estaba cegado y viviendo el sueño que lentamente se transforma en pesadilla, algunos encuentran el secreto para regresar al sendero amarillo y alejarse de los tintes de pesadilla; por amor o por miedo decidió no hacer nada, verdaderamente no sabría decir cuál de las dos. Parecido número 4, confundir el uno por el otro. Diremos que dentro de este último punto, se encuentra el culpar al uno por el otro, él comenzaba a decir que todo estaba bien, sabía que no. Algún día llegó a pensar que era imposible confundir amor con miedo, o que uno podía causar la llegada del otro; la realidad resulta ser más dura y menos fácil de evadir. Nueva frase del abuelo: El amor puede llevar al miedo y viceversa. 

   Ya nada era predecible, nada pasaba como él había llegado a imaginar, los silencios ya no eran momentos de mutuo regocijo, regresaba el ser cobarde, inexperto y sin la menor idea de que hacer, la valentía se esfumaba; otra vez hablaban sin llegar a ningún lado, ambos tenían miedo de la frase final, se puede decir que el amor evitaba pronunciarla. Sin embargo el día llegó y todo término, predecible. 

   Último parecido, número cinco: ambos nos llevan a cometer actos de índole… estúpido y de los cuales posiblemente nos arrepintamos, o quizá no, pero nos damos cuenta que era mejor no haberlos hecho. Como os he dicho antes, predecible, cegado y sin razón hizo de todo, por dos razones: la amaba y tenía miedo de perderla. Y podemos sacar muchos más motivos pero… al final todos concluyen en lo mismo. Resulta que el dicho: El diablo sabe más por viejo que por diablo; se resuelve con el consejo de un abuelo, y resulta cierto. Irónicamente en el caos donde nada es predecible… el final lo es, el amor conduce al miedo, y el miedo libera al amor. Él hizo todo lo que pudo, hace todo lo que puede, el miedo aún no lo corrompe. Sonará incomprensible para la mayoría, irónico, infantil y cobarde, pero sabe que el miedo puede corromperlo y entonces perderá todo. Era impensable e inimaginable el futuro, y lo sigue siendo. Lo único seguro… no debe dejar de soñar.


Lord Bastian

8 de julio de 2015

Hipocresía

Doce años han pasado de la salida del single “Where is the love?” y me resulta alarmante que la pregunta siga sin respuesta; al inicio una frase acusadora pero que resulta cierta pregunta si acaso las personas viven como si no tuvieran madre, y parece ser que así es. Y no solo es la falta de amor, resulta la falta de conciencia, de sentido común, de respeto, de tolerancia, de valores en general, las que parecen condenar a las sociedades en todo el mundo y mucho antes que hablemos de sociedades resulta prudente hablar de individuos.

  Hipocresía, impera en todos los niveles desde altos funcionarios políticos hasta ciudadanos que su mayor participación política es el voto; personas que defienden a capa y espada “la vida” pero en su criterio no aplica su misma especie, aquellos que proclaman igualdad como una circunstancia de exclusividad, segregación y pérdida de la tolerancia, otros que piden el cambio arriba sin antes detenerse a ver que están haciendo mal y así la lista se alarga a proporciones amorfas y desproporcionales.
  
  Me resulta interesante un tipo de ignorancia natural y que utilizamos como defensa al vernos amenazados; si somos peatones ignoramos lo que significa ser ciclista y automovilista, si somos ciclista nos olvidamos de que hemos sido peatones y nos creemos superiores a los automovilistas; y por último los automovilistas le faltamos el respeto al ciclista y constantemente agredimos a los peatones; pero de nueva cuenta surge la hipocresía, y nace en un grito de reclamo, aquel reclamo por que ese auto se pasó el alto mientras caminan a la siguiente cuadra y creen innecesario caminar al cruce peatonal, o el ciclista que reclama al peatón por estorbar en una… acera.

  Hablamos constantemente del mal desempeño de los funcionarios públicos y como ciudadanos no nos tomamos el voto en serio, aplaudimos a personas de distintas nacionalidades, llegamos a admirarlos, pero a los que compartimos patria los menospreciamos y atacamos todo el tiempo; regresemos a la canción de BEP, ¿podríamos practicar lo que oramos? Resulta difícil creer que la presidencia ya no es el sueño de niños que buscan lo mejor para el país, ahora sueñan con largarse lo antes posible buscando una “mejor” vida; estudiar se ha convertido en un trámite, que pierde valor día a día.

  Nuestros medios de comunicación están pintados color rojo, apestan a droga y se sienten irreales. Algo ofensivo, fuera de lugar, es publicar cuantos fallecieron a manos de los narcotraficantes… diariamente, por estado y en que circunstancias. Y es alarmante que el interés por un hombre que decidió ser mujer sea mayor que muchas otras cosas que afectan directamente sus vidas; al parecer un problema a nivel nacional tiende a olvidarse algunos meses después aunque siga sin solución, y organizar marchas es la única solución.

  Comenzare con una pequeña critica, nacida de escuchar muchas veces la misma canción, intentaré escribir más seguido columnas de este estilo, quizá está primera sea muy general pero hay que comenzar.


Lord Bastian

8 de abril de 2015

Espera

Cruzó el insomnio la frontera entre el olvido y el recuerdo.
Despertó el fantasma de la tormenta y la calma.
Invadió el guerrero el territorio de la razón y la tranquilidad.
Claudicó el tiempo, justo cuando se creía ajeno.

Desfiló ante él.
Dulcificó el aire.
Ahogó la tortura.
Cambió el todo.

Creyó encontrarse más allá, intentó estar más allá.
Padeció la dura enfermedad, curó sus síntomas.

Tomó la esperanza.
Embriagó la espera.
Siguió su camino.
Desterró sus sentimientos.

Así es la espera por su regreso, amarga.
Así es la espera por su regreso, reconfortante.
Así es la espera por su regreso, inquietante.
Así es la espera por su regreso, dubitativa.

Una sola palabra cambio su mundo.
Una sola mirada lo regresó a la tragedia.

Ella es el todo y la nada.
Él espera encontrar sus labios una vez más.
Ella es la vida y la muerte.
Él espera que la ilusión torne tintes de realidad.

Ella es deseo.
Él quisiera olvidarla.
Ella es tentación.
Él quisiera tenerla.

Llegó la desesperación. Regresó la angustia.
Llegó su sonrisa. Regresó la confusión.

Lord Bastian 

3 de abril de 2015

A través de la mirada

"No temas al futuro, no llores el pasado"
Percy Bysshe Shelley

Día a día Azdhur miraba por la ventana la plaza llena de palomas todas blancas y gordas, la fuente agrietada, el ayuntamiento decorado con los colores de la patria, al mimo del mediodía, pero sin duda amaba la puesta de sol, era entonces cuando ella llegaba en su bicicleta y entraba a su casa, justo en el edificio de enfrente. Siempre vestía vestidos, todos ellos pintados de colores pastel. Una ligera gota de sudor corría de su frente a su cuello, para después perderse en el escote, sonreía siempre a su hermano menor que la esperaba ansioso. Su cabello castaño se mecía lentamente al son de un vals de Strauss que tocaba la banda a la misma hora todos los días. 

Tenía miedo de acercarse a ella, de demostrarle lo mucho que la amaba. Llegó la primavera y el bochornoso calor provocaba el sudor a chorros, un día su padre llegó con un papalote rojo, le dijo que lo probará que era un regalo para él y su hermana pequeña. El viento alzó el cometa muchos metros y así las horas pasaron, la banda se sentó en los arcos del ayuntamiento y comenzó a tocar, el sol comenzaba a descender en el poniente, entonces la bicicleta rosada apareció en la calle oriente. Nunca había estado tan cerca de ella, por un momento los nervios lo invadieron y si no fuera por su hermana hubiera dejado libre su nuevo juguete. 

Entonces un ataque de valor surgió en sus pies que corrieron a su encuentro, su torpeza estuvo a punto de chocar contra ella, los frenos hicieron su trabajo y ahora correspondía al rostro pintado de rojo encontrar algo que decir, sin más pensarlo soltó la primer línea: 

- Perdona… ¿Estas bien? – Entonces ella comenzó a reírse de una manera hermosa, para él aquella era la risa más bella, acompañada de la sonrisa… más hermosa, indescriptible diría él. 

- Sí, no te preocupes… estaba yo distraída – Su voz era aún más hermosa, y hasta ese momento sintió en su cuello las gotas de sudor que la acalorada tarde había provocado. El vestido azul pastel de ella mostraba síntomas de haber sido expuesto al calor. Hasta ese momento los dos repararon en la bolsa que había caído al suelo, contenía manzanas rojas. 

- Toma, se te ha caído. 

- Muchas gracias – Y entonces parecía que todo acabaría ahí. El turno de la valentía de su voz vendría a continuación. 

- Disculpa, ¿cómo te llamas?

- Astrid, ¿y tú?

- Azdhur, me gusta tu nombre. 

- Gracias, tengo que irme, me esperan a cenar. Hasta pronto. 

Sin más el encuentro había terminado, también él tenía que cenar, llamó a su hermana e ingresaron a su casa, ahí los esperaba un asado, uno de sus platillos favoritos, sería por ahora el mejor día, vendría uno mejor. Durante la noche el techo de su cuarto fue el lienzo de mil imágenes que proyectaban la hermosura de Astrid, ahora el nombre golpeaba su mente a cada segundo, no podía esperar para volver a verla. 

Las clases de arte siempre habían significado una pérdida de tiempo, prefería él estudiar la historia de las culturas o perderse en los libros de Geografía, conocía a la perfección historias como la de Atila o Moctezuma, conocía los distintos ecosistemas de América Central y reconocía la belleza de las estepas asiáticas, su profesor de arte era un hombre bigotón, delgado y anciano, sin embargo su amor por el arte era una enfermedad contagiosa. Ahora era su turno de contraer aquella extraña enfermedad, y fuese el virus de una musa el que lo llevaría a escuchar la letra y no el ritmo de las canciones, el mensaje y no la rima de los poemas, ella ahora era omnipresente en su mente, en su vida. 

Pasaron los días, y la feria llegó. Recorría los puestos buscando los bocadillos gitanos, sin darse cuenta había llegado a la casa de los espejos, estaba completamente vacía, decidió entrar y ahí solo él y su reflejo comenzaron a buscar la salida. De pronto el timbre angelical despertó todos sus sentidos, y en un espejo oculto tras el reflejo de otros dos apareció un vestido color pistache. 

- Sabes… Supuse que tratarías de matarme otra vez. 

Perplejo y sin saber que responder Azdhur comenzó a dar vueltas en círculos, buscándola, fracasó el sentido de la vista. 

- Sería condenado entonces…

- ¿Bajo qué cargo? – Y una risa nerviosa escapó de ambos. 

- Asesinato de un ángel – Dijo él seguro, entonces sintió como algo rozaba su mano, después la cogería y le susurraría:

- Vamos, será mejor que platiquemos solos, honestamente no me gusta tener tantas miradas sobre mí. 

Fue algo inesperado, la noche había caído y ambos habrían de darse cuenta cuando la luna postro su mirada sobre ellos, platicaron sobre la muerte y lo hermosa que es su espera, la banda tocaba una sinfonía dedicada a la medianoche y finalizaban su acto con Júpiter, esa noche las estrellas acompañarían su regreso a casa. Parecía ahora que ya se conocían de toda la vida. Sentado bajó la luz de la luna que entraba por la ventana escribía una epístola en forma de poema, un poema que su musa había inspirado y ahora era necesario que leyera. 

El sol golpeaba su rostro, las tareas eran ahora un mar que de no ser navegado en tiempo lo dejarían naufrago, decidió regresar temprano a su casa, tomó el camino corto, un atajo que odiaba tomar. Algo golpeó su rostro obligándolo a detenerse en el cruce de caminos, allí aparecería Astrid caminando. Mientras revisaba su brazo observando el rasguño que había dejado el objeto, sintió la presencia de alguien más, levanto la mirada y aunque cegado por el sol alcanzó a ver sus ojos.

- No sabía que tomabas este camino –En realidad si lo sabía, pero fue hasta ese momento que se dio cuenta de todos los encuentros que pudieron haber pasado. 

- Yo creo que sí sabías –Era su seguridad al hablar una razón más para enamorarse, y así es como de pronto él comenzaba a explicar cada simple evento con la palabra amor, para él esa palabra significaba ella y ella significaba todo en su vida. 

Caminaron juntos a casa, sería el comienzo de una rutina que ninguno aborrecería. La caminata le costó el mismo tiempo que de haber tomado el camino original, cambiar los paisajes de la ribera por sus ojos, el cantar de las aves por la sinfonía de su voz, y el sueño por su realidad valían la pena. Una mirada incomoda y unos labios conformándose con las mejillas se despidieron aquella tarde. Al llegar a su casa su madre se encontraba llorando, temeroso de que algo malo hubiera pasado, decidió guardar silencio hasta la comida, inesperadamente su abuela llegó para comer.

- ¡¿Por qué?! Dime mamá, ¿qué haremos? El reclutamiento será desde los quince –Volteó la mirada a él, y una lagrima escapó de su ojo derecho-. Malditos sean. 

- Tranquila hija, falta un año para que el cumpla los quince, y tu marido servirá en el servicio médico. Además confiemos en que todo esto se mantendrá en la frontera, no creo que lleguen aquí. –La voz de la abuela era tranquilizadora para su madre, pero él no entendía nada de lo que ocurría. 

Al terminar la comida, Azdhur pidió permiso para salir, su madre se lo otorgó, él no terminaba de entender por qué de pronto un viento helado atravesó su mundo, era el presagio del futuro acechando. Afuera en la plaza Astrid se encontraba sentada al pie de la fuente, pero no emitía luz. Ninguno logró descifrar los motivos de la guerra, la política nunca se encuentra satisfecha mientras exista la paz, siempre ha de haber algún asunto que incomode a alguien. Los días que siguieron fueron oscuros, en la escuela se impuso un nuevo calendario que albergaba clases de lunes a miércoles; el alcalde ordenó el toque de queda a las siete, la banda tocaría la marcha de Radetzky cuyo propósito era mantener el optimismo y anunciar los últimos minutos de libertad. En la primer mañana de agosto el reclutamiento había finalizado, el hombre en la radio comenzó a dedicar una hora diaria a relatar los pormenores de lo que ocurría en la frontera este y el norte. 

- Pronto será tu turno, no te quiero perder. –Astrid sostuvo en sus brazos a Azdhur mientras le besaba la frente, bien se podría decir que a su amor no lo detuvo la guerra, pero no fue así, su plan se vio frustrado dos semanas ya que la confusión corrompió su espíritu. Un miércoles, su profesor de arte ahora cómplice, le entregó un ramo de aves del paraíso, y en el cruce de caminos una mirada prolongada concluyó en un beso y en el inicio de la narración compartida de su historia. 

- Ya verás que no, ¿cuánto puede durar una guerra? 

Postró sus ojos en los de ella, y durante una eternidad contemplaron la desnudez de su alma, entrelazaron sus dedos y caminaron hasta los jardines del palacio de gobierno, se recostaron y esperaron el final de cada estación, el final de cada mes. Ahora Venus se asomaba en la tarde, y por primera vez su cumpleaños no era motivo de festejo. La atmosfera denotaba aires de tristeza, su madre preparó asado, Astrid llevo manzanas rojas bañadas en caramelo para el postre, y durante la comida fue la abuela la responsable de distraerlos. 

Los mimos de la plaza dieron su último acto antes de ser reclutados, las palomas adelgazadas contemplaban el paisaje desde la tienda militar. El sargento recibía a los reclutas, y con una sonrisa les entregaba su nuevo uniforme, su rifle y una mochila llena de objetos desconocidos, al final les entregaba en mano un citatorio para el viernes. 

- ¿Puedes prometerme algo?

- Sí… –Tembloroso terminó la oración.- lo que sea. 

- Regresa

Un beso fue la respuesta. Los reclutas en su mayoría compañeros de clases, ocuparon sus lugares en el camión, el sargento gritó la orden y el rugido del motor ahogo los llantos. Un cuadernillo pequeño, regalo del ejército, fungió como diario, era de cincuenta hojas. Muchos reclutas sintieron innecesario el uso de un diario, pues el final coincidiría en muchos de ellos, Azdhur necesitaría más de veinte cuadernillos, sin embargo abrazaba la idea de que el final lo escribiría él y que sería distinto al de la mayoría. 

Astrid fijó su mirada en el horizonte, la madre de Azdhur colocaría sus manos en los hombros de la niña, la banda comenzó a tocar Chopin. La espera de los reclutas terminó, la de madres, hijos, amantes, perros y amigos comenzó.


Lord Bastian Marek